lunes, 25 de enero de 2016

Tardes de lluvia

Tardes de lluvia

Resultado de imagen de desnudo bajo la lluvia

Tardes de lluvia


Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.

Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.

Abrillántanse los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.

Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.

Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.

Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.

Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.

Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.

Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.

Veo pupilas que en las brumas
Dirígeme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.

Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.

Julián del  Casal

Meter el diablo en el infierno

Meter el diablo en el infierno


Larry Clark Cultura Inquieta

FOTO DE LARRY CLARK




Meter el diablo en el infierno


En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

FIN

Giovanni Boccaccio

La balada de los esqueletos

La balada de los esqueletos




La balada de los esqueletos


Dijo el esqueleto Presidencial
No firmaré el proyecto
Dijo el esqueleto Vocero
Sí lo harás

Dijo el esqueleto Representativo
Objeción
Dijo el esqueleto Corte Suprema
¿Qué esperabas?

Dijo el esqueleto Militar
Comprad bombas estrellas
Dijo el esqueleto Clase Alta
Hambread a las mamis solteras

Dijo el esqueleto Yahoo
Parad el arte obsceno
Dijo el esqueleto Derecha
Olvidaos del Corazón

Dijo el esqueleto Gnóstico
La Forma Humana es divina
Dijo el esqueleto Mayoría Moral
No, no lo es, es mía.

Dijo el esqueleto Buda
La compasión es riqueza
Dijo el esqueleto Corporación
Es mala para la salud

Dijo el esqueleto Viejo Cristo
Preocuparos de los pobres
Dijo el esqueleto Hijo de Dios
el SIDA necesita cura

Dijo el esqueleto Homófobo
Chupad a los gays
Dijo el esqueleto Patrimonio Nacional
Los negros no tienen suerte

Dijo el esqueleto Macho
Mujeres a su lugar
Dijo el esqueleto Fundamentalista
Multiplicad la raza humana

Dijo el esqueleto Derecho a la Vida
El feto tiene un alma
Dijo el esqueleto Pro Elección
Pásalo por tu agujero

Dijo el esqueleto Reducción
Los robots cogieron mi empleo
Dijo el esqueleto Mano Dura
Gas lacrimógeno a la plebe

Dijo el esqueleto Gobernador
Suprimid la merienda escolar
Dijo el esqueleto Alcalde
Mascad el presupuesto

Dijo el esqueleto Neoconservador
¡Sin techo, fuera de la calle!
Dijo el esqueleto Libre Mercado
Usad los como carne

Dijo el esqueleto Grupo de Expertos
Liberad los mercados
Dijo el esqueleto Ahorro y Préstamo
Que pague el Estado

Dijo el esqueleto Chrysler
Pagad por ti y por mí
Dijo el esqueleto Fuerza Nuclear
y por mí por mí por mí

Dijo el esqueleto Ecológico
Mantened el cielo azul
Dijo el esqueleto Multinacional
¿Cuánto vales tú?

Dijo el esqueleto NAFTA
Enriqueceos, Libre Comercio,
Dijo el esqueleto Maquiladora
Deslomaos, salario bajo

Dijo el rico esqueleto GATT
Un mundo, alta tecno
Dijo el esqueleto Clase Baja
Que te den una buena

Dijo el esqueleto Banco Mundial
Cortad vuestros árboles
Dijo el esqueleto FMI
Comprad queso americano

Dijo el esqueleto Subdesarrollado
Enviadme arroz
Dijo el esqueleto Desarrollado
Vended vuestros huesos por un centavo

Dijo el esqueleto Ayatolá
Muere escritor muere
Dijo el esqueleto José Stalin
Eso no es mentira

Dijo el esqueleto Reino Medio
Nos tragamos el Tíbet
Dijo el esqueleto Dalai Lama
Cuidado con la indigestión

Dijo el esqueleto Coro Mundial
Es su destino
Dijo el esqueleto EE. UU.
Hay que salvar Kuwait

Dijo el esqueleto Petroquímico
Rugid bombas rugid
Dijo el esqueleto Psicodélico
Fumad un dinosaurio

Dijo el esqueleto de Nancy
Decid solamente No
Dijo el esqueleto Rasta
Chupa Nancy Chupa

Dijo el esqueleto Demagogo
No fuméis hierba
Dijo el esqueleto Alcohólico
Que se os pudra el hígado

Dijo el esqueleto Yonkie
¿Conseguiremos la dosis?
Dijo el esqueleto Big Brother
Cárcel a los sucios huevones

Dijo el esqueleto Espejo
¡Eh, buen mozo!
Dijo el esqueleto Silla Eléctrica
Eh, ¿qué se come hoy?

Dijo el esqueleto Entrevistas
Vete a la mierda en la cara
Dijo el esqueleto Valores de la Familia
Mi gas lacrimógeno valores familiares

Dijo el esqueleto NY Times
Eso no es apto para imprimirlo
Dijo el esqueleto CIA
¿Puedes repetirlo?

Dijo el esqueleto Transmisión en cadena
Creed mis mentiras
Dijo el esqueleto Publicidad
No os volváis sensatos

Dijo el esqueleto Medios
Creedme a mí
Dijo el esqueleto Teleadicto
¿Qué me preocupa?

Dijo el esqueleto TV
Comed bocados de sonidos
Dijo el esqueleto Noticiero
Es todo Buenas Noches

Allen Ginsberg

Serie: Grandes Fotógrafos 004

Serie: Grandes Fotógrafos 004




Larry Clark Cultura Inquieta2




LARRY CLARK


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Larry Clark (n. Tulsa, Oklahoma; 19 de enero de 1943) es un fotógrafo y director de cine estadounidense. Comenzó trabajando con fotografías en blanco y negro. Después de salir de la escuela, estuvo dos años en Vietnam.

Después de publicar algunos libros de fotografía, incluidos Tulsa y Teenage Lust, conoció a un joven escritor llamado Harmony Korine en Nueva York. Juntos trabajaron en el libreto de la película Kids, su polémica ópera prima.










Serie: Grandes Fotógrafos 003

Serie: Grandes Fotógrafos 001 003



Akira Kito

AKIRA KITO






















Serie: Grandes Fotógrafos 002

Serie: Grandes Fotógrafos 002



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Greg Gorman (nacido en 1949) es un americano fotógrafo de retratos de Hollywood celebridades. Su trabajo ha sido visto en las características y portadas de revistas nacionales, incluyendo Esquire, GQ, Entrevista, Vida, Vogue, la revista Newsweek, Rolling Stone, Time, Vanity Fair, y el London Sunday Times. Aunque estudió fotoperiodismo en la universidad, con la pasión por el rock and roll lo llevó a su campo elegido cuando fotografió a Jimi Hendrix en 1968. John Waters dijo una vez, "Greg Gorman es la única persona que dejaría fotografiar mi cadáver". Él principalmente trabaja en blanco y negro.


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Greg Gorman Cultura Inquieta



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Serie: Grandes Fotógrafos 001

Serie: Grandes Fotógrafos 001

Ludmila Foblova


LUDMILA FOBLOVA


























"ALGUNAS PERSONAS aceptan la desnudez en el Arte Sólo Como un estudio del Cuerpo y de la luz, párr Ellos CUALQUIER emoción o la pasión es vulgar o INCLUIDO pornográfico. Mi para, organismos europeos de normalización Supuestamente Estudios puros hijo MUY unos Pobres Menudo, FRIOS, aburridos Y .

Quiero Mostrar -no ocultar- Nuestras Emociones, Deseos, pasiones, y también Nuestros Pequeños fetiches en mis FOTOGRAFÍAS de desnudos. No por Ninguna provocación, sino-Por Una COMPLEJA Manifestación de la persona, No Solo El Cuerpo.

Disfruta. "Ludmila Foblova



































































lunes, 11 de enero de 2016

El mono pierde los derechos de autor por su selfie


El mono pierde los derechos de autor por su selfie

  • Un tribunal de San Francisco dictamina que el macaco Naruto no puede beneficiarse de la famosa fotografía
El mono pierde los derechos de autor por su selfieAutofoto o 'selfie' del macaco Naruto (David Slater - Naruto)

El mono macaco conocido como Naruto que se hizo la popular selfie no puede ser el propietario de los derechos de autor de la imagen, así lo ha dictaminado un juez federal de Estados Unidos.

El magistrado de San Francisco William Orrick ha dictaminado que el Congreso y el presidente "pueden extender la protección de la ley a los animales además de los humanos, pero no hay indicios de que lo hicieran en la ley de Derechos de Autor".

La demanda se remonta a cuando el año pasado el grupo People for the Ethical Treatment of Animals ( PETA ) solicitó una orden judicial que les permitiera representar al mono y poder gestionar todos los beneficios de la famosa selfie de Naruto.

La instantánea fue tomada durante un viaje a Silawese en 2011 del fotografo David Slater. El británico dejó su cámara sin vigilancia y el mono se autoretrató con una pose de lo más curiosa. Tras ver el valor que podría llegar a tener dicha fotografía, Slater registró los derechos de autor por su empresa Wildlife Personalities Ltd. para beneficiarse.

La imagen fue muy difundida por todo el mundo. Portales como la Wikipedia la reproducieron sin problemas alegando que nadie podía tener los derechos de autor de la selfie porque las tomó un animal y no una persona. Acto seguido PETA demandó a Slater por querer sacar beneficio de una foto hecha por un animal.

Tras toda la polémica, el año pasado la Oficina de Copyright de EE.UU. emitió un texto actualizando sus políticas, incluyendo una sección que establecía que se registraría derechos de autor sólo para obras producidas por los seres humanos. Se especificaba que las obras producidas por los animales, ya sea una foto tomada por un mono o un mural pintado por un elefante, no se calificarían. fuente: http://www.lavanguardia.com/natural/fauna-flora/20160107/301243444559/mono-derechos-autor-selfie.html


‘Versex’, Versos sin tapujos

'Versex', Versos sin tapujos

Autores como Aute, Espido Freire o Carlos Salem escriben poemas explícitamente sexuales para el espectáculo

De izquierda a derecha: Vilas, Algeet, Carlos Salem, Raquel Lanseros, Fernando Marías y Espido Freire.

Hubo un recital poético en el que se estaban alcanzando altas cotas de profundidad, de melancolía, de sentimiento, de comunión con el público: la magia de la poesía en estado puro. El respetable aguantaba la respiración y la emoción dentro del pecho cuando uno de los artistas, inesperadamente, pronunció la palabra "follar". Entonces uno de los espectadores, visiblemente ofendido, se levantó y se marchó. Aquello era demasiado.

En aquel recital estaban los escritores Raquel Lanseros y Fernando Marías, que en la cena posterior comentaron el suceso. La conclusión: el sexo explícito, el sexo salvaje, el sexo puro y duro, estaba exiliado de la poesía en español. De ahí salió la idea de reivindicarlo, que finalmente ha cristalizado en el espectáculo Versex (Verso Explícito), que celebra hoy su primera sesión en el teatro Alfil, y continuará con otras dos los días 19 y 26 de este mes.

Abrirán hoy los escritores Espido Freire, Ana Merino, Carlos Salem y Luis Eduardo Aute; en próximas ediciones participarán Fernando Valverde, Elvira Sastre, Escandar Algeet y Adriana Moragues (el 19), y Cristina Fallarás, Luisgé Martín y Manuel Vilas (el 26). El espectáculo consistirá en una mezcla de recital, conversación yperformance conducido por Lanseros y Marías, que han pedido a cada participante un poema original para la ocasión.

Es este un terreno delicado, una terra incógnita bordeada por los peligros de lo pornográfico y lo soez por un lado, y también por el de volver a caer en las metáforas más manidas que han rodeado lo sexual, por el otro. "Es uno de los elementos más interesantes de la experiencia, ese límite entre lo elegante y lo erótico y lo que va más allá", explica Marías. "Un límite que, además, cada poeta pondrá en su propio lugar, dependiendo de su punto de vista, de su manera de entender la creación literaria. Nosotros, como organizadores, también esperamos que nos sorprendan". Desde luego, a priori no parece que vaya a ser igual la aproximación que haga al peliagudo tema Espido Freire o Carlos Salem. La primera aludió en la presentación del evento al pudor y al éxtasis de Santa Teresa. El segundo resumió su postura de una forma muy gráfica: "Al pan, pan; y al coño, coño".

Aunque vivimos en una sociedad en teoría desacomplejada (donde la pornografía ocupa buena parte de la tarta de Internet), parece también que nos volvemos una sociedad más pacata. Pero surgen propuestas artísticas para volver a normalizar el sexo, una vez más, como la reciente obra teatral Vooyeur, de Patricia Jordá, o la antología poética Erosionados (compilada por Adriana Bañares para la editorial Origami). En el cine Nymphomaniac, de Lars Von Trier, fue en 2013 tal vez la última película que acaparó titulares por su desparpajo sexual.

"Yo tengo 57 años y soy espectador de cine: antes nos impactaba El último tango en París, además de por lo sexual, por la profunda indagación en la naturaleza humana", dice Marías. "Ahora, en cambio, tenemos cosas como 50 sombras de Grey". En Versextratarán de tomar el primer camino, el de la indagación en las entretelas de la existencia, la vertiente más "metafísica" de un asunto que es fundamental en nuestra naturaleza y nuestra psique. "Hemos observado que los autores han huido de lo frívolo y optado por aportaciones más oscuras y trágicas". fuente: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/01/11/madrid/1452547249_394700.html?rel=ult

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    jueves, 7 de enero de 2016

    Los reyes

    Los reyes






    Los reyes

    ¡Ah!, dijo el capitán, conde de Garens. ¡Claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes durante la guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince días que rondaba de explorador ante una vanguardia alemana. La víspera habíamos acuchillado a unos ulanos y perdido tres hombres, uno de ellos el pobrecito Raudeville. Ya saben ustedes, Joseph de Raudeville.

    Ahora bien, ese día mi capitán me ordenó que cogiera diez jinetes y fuera a ocupar y custodiar durante toda la noche el pueblo de Porterin, donde nos habíamos batido cinco veces en tres semanas. En aquel avispero no quedaban en pie veinte casas ni doce habitantes.

    Cogí, pues, diez jinetes y partí hacia las cuatro. A las cinco, en plena noche, llegamos a las primeras tapias de Porterin. Hice alto y ordené a Marchas, ya saben, Pierre de Marchas, que se ha casado luego con la pequeña Martel-Auvelin, la hija del marqués de Martel-Auvelin, que entrara solo en el pueblo y me trajera noticias.

    Yo había escogido solo voluntarios, todos de buenas familias. Da gusto, en el servicio, no tener que tratar con patanes. Este Marchas era espabilado como nadie, fino como un zorro y ágil como una serpiente. Sabía husmear prusianos igual que un perro husmea la liebre, encontrar víveres allá donde sin él hubiéramos muerto de hambre, y conseguía informaciones de todo el mundo, informaciones siempre seguras, con una habilidad inimaginable. Regresó al cabo de diez minutos:

    -Todo va bien -dijo- ningún prusiano ha pasado por aquí desde hace tres días. ¡Qué pueblo más siniestro! He charlado con una monja que cuida cuatro o cinco enfermos en un convento abandonado.

    Ordené avanzar y penetramos en la calle principal. Se distinguían vagamente, a derecha e izquierda, paredes sin tejados, apenas visibles en la profunda noche. De trecho en trecho, una luz brillaba tras un cristal: una familia se había quedado para guardar su casa, más o menos en pie, una familia de valientes o de pobres. La lluvia empezaba a caer, una lluvia menuda, helada, que nos congelaba antes de habernos mojado, con solo tocar los capotes. Los caballos tropezaban con piedras, con vigas, con muebles. Marchas nos guiaba, a pie, ante nosotros, arrastrando a su animal por la brida.

    -¿A dónde nos llevas? -le pregunté.

    Respondió:

    -He encontrado un refugio, y bueno.

    Y se detuvo pronto ante una casita burguesa que seguía intacta, bien cerrada, dando a la calle y con un jardín atrás.

    Por medio de un grueso guijarro recogido cerca de la verja, Marchas hizo saltar la cerradura, después subió la escalinata, forzó la puerta de entrada a patadas y empujones, encendió un cabo de vela que siempre llevaba en el bolsillo, y nos precedió por una buena y cómoda morada de particular rico, guiándonos con seguridad, con admirable seguridad, como si hubiera vivido en aquella casa que veía por primera vez.

    Dos hombres se habían quedado fuera guardando nuestros caballos.

    Marchas le dijo al gordo Ponderel, que le seguía:

    -La cuadra debe estar a la izquierda; lo he visto al entrar; vete a acomodar los animales, no los necesitamos.

    Después, volviéndose hacia mí:

    -¡Da órdenes, rediez!

    Siempre me asombraba aquel buen mozo. Respondí riendo:

    -Voy a poner centinelas en las inmediaciones del pueblo. Volveré aquí.

    Preguntó:

    -¿Cuántos hombres te llevas?

    -Cinco. Los otros los relevarán a las diez de la noche.

    -Está bien. Me dejas cuatro para buscar provisiones, cocinar y poner la mesa. Ya encontraré yo el escondite del vino.

    Y me fui a reconocer las calles desiertas hasta la salida a la llanura, para colocar a mis guardias.

    Media hora más tarde estaba de regreso. Encontré a Marchas tumbado en un gran sillón Voltaire, al que le había quitado la funda, por amor al lujo, decía. Se calentaba los pies al fuego, fumando un excelente cigarro cuyo aroma llenaba la estancia. Estaba solo, con los codos en los brazos del asiento, la cabeza hundida entre los hombros, las mejillas rosadas, los ojos brillantes y aspecto satisfecho.

    En la pieza contigua oí un ruido de vajilla. Marchas me dijo, sonriendo beatífico:

    -La cosa marcha, he encontrado el burdeos en el gallinero, el champán bajo los peldaños de la escalinata, el aguardiente -cincuenta botellas del fino- en el huerto, debajo de un peral que, al examinarlo con la linterna, no me pareció muy derecho. Y, de sólido, tenemos dos gallinas, una oca, un pato, tres pichones y un mirlo cogido en una jaula; nada más que carne de pluma, como ves. Todo se está guisando en este momento. Este pueblo es una maravilla.

    Yo me había sentado frente a él. La llama de la chimenea me abrasaba la nariz y las mejillas:

    -¿De dónde has sacado esa madera? -pregunté.

    Murmuró:

    -Magnífica madera, el coche del dueño, cortado. Es la pintura la que hace esa llama, un ponche de bencina y de barniz. ¡Buena casa!

    Yo me reía, pues encontraba muy gracioso a aquel animal. Prosiguió:

    -¡Y pensar que hoy es la noche de Reyes! Mandé meter una sorpresa en la oca; pero no tenemos reina, ¡es un fastidio!

    Repetí, como un eco:

    -Es un fastidio; pero ¿qué quieres que le haga?

    -Pues que la encuentres, ¡diantre!

    -Que encuentre ¿qué?

    -Mujeres.

    -¿Mujeres?... ¡Estás loco!

    -Pues yo encontré el aguardiente bajo un peral, y el champán bajo los peldaños de la escalinata; y eso que nada podía guiarme. Mientras que, en tu caso, unas faldas son un indicio seguro. Busca, joven.

    Tenía un aire tan serio, tan convencido, que no sabía si estaba bromeando.

    Respondí:

    -Veamos, Marchas, ¿estás de broma?

    -Jamás bromeo durante el servicio.

    -Pero ¿dónde diablos quieres que encuentre mujeres?

    -Donde quieras. Deben quedar tres o cuatro en el pueblo. Da con ellas y tráelas.

    Me levanté. Hacía demasiado calor ante aquel fuego. Marchas prosiguió:

    -¿Quieres una idea?

    -Sí.

    -Vete a ver al cura.

    -¿Al cura? ¿Para qué?

    -Invítalo a cenar y ruégale que traiga una mujer.

    -¿El cura? ¿Una mujer? ¡Ja, ja, ja!

    Marchas prosiguió con extraordinaria gravedad:

    -A mí no me hace gracia. Vete a ver al cura, cuéntale nuestra situación. Debe de aburrirse espantosamente, vendrá. Pero dile que necesitamos una mujer como mínimo, una mujer como Dios manda, claro, puesto que todos somos hombres de mundo. Debe conocer a sus feligreses al dedillo. Si hay alguna posible para nosotros, y si te das maña, te la indicará.

    -¡Vamos, Marchas! ¡Qué cosas se te ocurren!

    -Querido Garens, puedes hacerlo muy bien. E incluso sería muy divertido. Somos educados, ¡pardiez!, y nos mostraremos de una distinción perfecta, de una elegancia suma. Dile nuestros nombres al padre, hazlo reír, enternécelo, sedúcelo ¡y decídelo!

    -No, es imposible.

    Acercó su sillón y, como conocía mi punto flaco, el pícaro prosiguió:

    -Imagínate lo estupendo que será hacerlo ¡y qué divertido contarlo! Se hablará de eso en todo el ejército. Y te dará una reputación envidiable.

    Yo vacilaba, tentado por la aventura. Insistió:

    -Vamos, Garens. Eres el jefe del destacamento, solo tú puedes ir a ver al jefe de la Iglesia en este pueblo. Por favor, ve. Contaré la cosa en versos en la Revue des Deux Mondes, después de la guerra, te lo prometo. Se lo debes a tus hombres. Los obligas a marchar desde hace un mes.

    Me levanté preguntando:

    -¿Dónde está la rectoral?

    -Coge la segunda calle a la derecha. Al final encontrarás una avenida; y, al final de la avenida, la iglesia. La rectoral está al lado.

    Salí; me gritó:

    -¡Cuéntale el menú para que le entre hambre!

    Descubrí sin dificultad la casita del eclesiástico, al lado de una fea y gran iglesia de ladrillo. Di unos puñetazos en la puerta, que no tenía ni timbre ni aldaba, y una voz potente preguntó desde dentro:

    -¿Quién es?

    Respondí:

    -Un sargento de húsares.

    Oí un ruido de cerrojos y de una llave que giraba, y me encontré ante un sacerdote alto de vientre prominente, con un pecho de luchador, formidables manos que salían de las mangas remangadas, tez roja y aspecto de buena persona.

    Hice el saludo militar.

    -Buenas noches, señor cura.

    Había temido una sorpresa, una asechanza de merodeadores, y sonrió al responder:

    -Buenas noches, amigo mío; pase.

    Lo seguí a una pequeña habitación de suelo rojo, donde ardía un fuego pobre, muy diferente de la hoguera de Marchas.

    Me indicó una silla, y después me dijo:

    -¿En qué puedo servirle?

    -Señor cura, permítame ante todo presentarme.

    Y le tendí mi tarjeta. La leyó a media voz:

    -El conde de Garens.

    Proseguí.

    -Somos once aquí, señor cura, cinco de guardia y seis instalados en casa de un vecino desconocido. Esos seis se llaman Garens, aquí presente, Pierre de Marchas, Ludovic de Ponderel, el barón de Etreillis, Karl Massouligny, hijo del pintor, y Joseph Herbon, un joven músico. Vengo, en su nombre y el mío, a rogarle que nos haga el honor de cenar con nosotros. Es una cena de Reyes, señor cura, y quisiéramos que resultara un poco alegre.

    El sacerdote sonrió. Murmuró:

    -No me parece que sea el momento de divertirse.

    Respondí:

    -Nos batimos todos los días, padre. Catorce de nuestros camaradas han muerto desde hace un mes, y tres han caído ayer mismo. Es la guerra. Nos jugamos la vida a cada instante, ¿no tenemos derecho a jugárnosla alegremente? Somos franceses, nos gusta reír, sabemos reír en cualquier parte. ¡Nuestros padres se reían en el cadalso! Esta noche, quisiéramos desentumecernos un poco, como personas bien educadas y no como soldadotes, ya me entiende. ¿Es un error?

    Respondió vivamente:

    -Tiene usted razón, amigo mío, y acepto su invitación con gran placer.

    Gritó:

    -¡Hermance!

    Una vieja campesina, encorvada, arrugada, horrible, apareció y preguntó:

    -¿Qué pasa?

    -No ceno aquí, hija mía.

    -¿Dónde cena, entonces?

    -Con los señores húsares.

    Me dieron ganas de decir «Tráigase a su criada», para ver la cara de Marchas, pero no me atreví.

    Proseguí:

    -Entre sus feligreses que se han quedado en el pueblo, ¿se le ocurre alguno o alguna a quien pudiera invitar también?

    Vaciló, reflexionó y declaró:

    -¡No, nadie!

    Insistí:

    -¿Nadie?... Vamos, señor cura, piense un poco. Sería muy grato contar con señoras. Quiero decir con matrimonios. ¡Yo qué sé! El panadero y su mujer, el tendero de ultramarinos, el... el... el relojero... el... el zapatero, el farmacéutico con la farmacéutica... Tenemos una buena comida, vino, estaríamos encantados de dejar un buen recuerdo entre la gente de aquí.

    El cura meditó un buen rato, después pronunció con resolución:

    -No, nadie.

    Me eché a reír:

    -¡Caramba!, señor cura, es fastidioso no tener una reina, ya que tenemos una sorpresa. Vamos, piénselo. ¿No hay un alcalde casado, un teniente de alcalde casado, un concejal casado, un maestro casado?...

    -No, todas las señoras se han marchado.

    -¿Cómo? ¿No hay en todo el pueblo una valiente burguesa con su correspondiente marido, a quienes podríamos darles ese gusto, pues será un gusto para ellos, y grande, en las presentes circunstancias?

    De repente el cura se echó a reír, con una risa violenta que lo agitaba por entero, y gritaba:

    -¡Ja, ja, ja! Ya di con lo que necesitan. ¡Jesús, María y José! ¡Ya di con ello! ¡Ja, ja, ja!, vamos a divertirnos, hijos míos, vamos a divertirnos. Y ellas estarán encantadas, sí, encantadísimas. ¡Ja, ja!... ¿Dónde se albergan ustedes?

    Le describí la casa para explicárselo. Comprendió:

    -Muy bien. Es la finca del señor Bertin-Lavaille. Estaré allí dentro de media hora con cuatro señoras... ¡Ja, ja, ja! ¡¡Cuatro señoras!!...

    Salió conmigo, sin dejar de reír, y me dejó, repitiendo:

    -Ya está; dentro de media hora, en casa de Bertin-Lavaille.

    Regresé en seguida, muy extrañado, muy intrigado.

    -¿Cuántos cubiertos? -preguntó Marchas al verme.

    -Once. Somos seis húsares, más el señor cura y cuatro señoras.

    Se quedó estupefacto. Yo exultaba.

    -¿Cuatro señoras? ¿Has dicho cuatro señoras?

    -Eso dije: cuatro señoras.

    -¿Mujeres de verdad?

    -Mujeres de verdad.

    -¡Caray! ¡Enhorabuena!

    -La acepto. Me la merezco.

    Abandonó su sillón, abrió la puerta y vi un hermoso mantel blanco puesto sobre una larga mesa en torno a la cual tres húsares con delantales azules disponían platos y copas.

    -¡Habrá mujeres! -gritó Marchas.

    Y los tres hombres se pusieron a bailar, aplaudiendo con todas sus fuerzas.

    Todo estaba preparado. Esperábamos. Esperamos casi una hora. Un delicioso olor de aves asadas flotaba en toda la casa.

    Un golpe dado en el postigo nos levantó a todos al mismo tiempo. El gordo Ponderel corrió a abrir y, al cabo de apenas un minuto, una monja bajita apareció en el marco de la puerta. Era flaca, arrugada, tímida, y saludó sucesivamente a los cuatro pasmados húsares que la miraban entrar. Detrás de ella, un ruido de bastones martilleaba el pavimento del vestíbulo, y en cuanto ella hubo entrado en el salón vi, una detrás de otra, tres viejas cabezas con gorros blancos, que avanzaban balanceándose con diferentes movimientos, una tambaleándose hacia la derecha cuando otra se tambaleaba hacia la izquierda. Y se presentaron tres buenas mujeres, cojeando, arrastrando una pierna, lisiadas por las enfermedades y deformadas por la vejez, tres inválidas inservibles, las tres únicas pensionistas capaces de andar aún del centro hospitalario que dirigía la hermana san Benito.

    Esta se había vuelto hacia sus impedidas, llena de solicitud con ellas; después, viendo mis galones de sargento, me dijo:

    -Le agradezco mucho, señor oficial, que haya pensado en estas pobres mujeres. Tienen pocos placeres en la vida, y para ellas es al mismo tiempo una gran felicidad y un gran honor lo que ustedes hacen.

    Distinguí al cura, que se había quedado en la penumbra del pasillo y se reía con toda su alma. A mi vez me eché a reír, mirando sobre todo la cara de Marchas. Después, indicando a la religiosa las sillas:

    -Siéntese, hermana; estamos muy orgullosos y muy felices de que hayan aceptado ustedes nuestra modesta invitación.

    Ella cogió tres sillas de junto a la pared, las alineó ante el fuego, condujo a ellas a sus tres buenas mujeres, las sentó, les quitó los bastones y las toquillas, que fue a dejar en un rincón; después, señalando a la primera, una flaca de vientre enorme, seguramente hidrópica:

    -Esta es la señora Paumelle, cuyo marido se mató al caer de un tejado y cuyo hijo murió en África. Tiene sesenta y dos años.

    Después señaló a la segunda, una muy alta cuya cabeza temblaba sin cesar:

    -Esa es la señora Jean-Jean, de sesenta y siete años. Casi no ve, porque en un incendio se abrasó la cara y la pierna izquierda se le quemó hasta la mitad.

    Nos mostró, por fin, a la tercera, una especie de enana con ojos saltones que giraban hacia todos los lados, redondos y estúpidos.

    -Es la Putois, una simple. Tiene solo cuarenta y cuatro años.

    Yo había saludado a las tres mujeres como si me hubieran presentado a altezas reales y, volviéndome hacia el cura:

    -Es usted, señor cura, un hombre admirable, a quien todos debemos gratitud.

    Todos reían, en efecto, salvo Marchas, que parecía furioso.

    -¡La hermana san Benito está servida! -gritó de pronto Karl Massouligny.

    La hice pasar delante con el cura, después levanté a la Paumelle, a la que cogí del brazo y arrastré hasta la estancia contigua, no sin trabajo, pues su vientre inflado parecía más pesado que el hierro.

    El gordo Ponderel se llevó a la Jean-Jean, que gemía para que le dieran su muleta; y el joven Joseph Herbon condujo a la idiota, a la Putois, hacia el comedor, lleno de aromas de viandas.

    En cuanto estuvimos ante nuestros platos, la hermana dio tres palmadas y las mujeres hicieron, con la precisión de soldados que presentan armas, una gran señal de la cruz, rápidamente. Después el sacerdote pronunció, lentamente, las palabras latinas del Benedicite.

    Nos sentamos, y aparecieron las dos gallinas, traídas por Marchas, que quería servir para no tener que asistir como comensal a aquella ridícula comida.

    Pero yo grité:

    -¡El champán, pronto!

    Saltó un tapón con un ruido de pistola que se descarga y, pese a la resistencia del cura y de la hermana, los tres húsares sentados al lado de las tres inválidas les metieron a la fuerza en la boca tres copas llenas.

    Massouligny, que tenía la virtud de estar como en su casa en cualquier parte y a sus anchas con todo el mundo, le hacía la corte a la Paumelle de la forma más graciosa. La hidrópica, que seguía siendo de humor alegre, a pesar de sus desdichas, le respondía bromeando con una voz de falsete que parecía fingida, y se reía tanto con las gracias de su vecino que su grueso vientre parecía a punto de encaramarse a la mesa y rodar sobre ella. El joven Herbon había emprendido seriamente la tarea de emborrachar a la idiota y el barón de Etreillis, que no era muy despierto, interrogaba a la Jean-Jean sobre la vida, costumbres y reglamentos del asilo.

    La religiosa, espantada, le gritaba a Massouligny:

    -¡Oh! ¡Oh! La va usted a poner enferma; no la haga reír así, por favor, caballero. ¡Oh!, caballero...

    Después se levantaba y se arrojaba sobre Herbon para arrancarle de las manos una copa llena que él vaciaba prestamente entre los labios de la Putois.

    Y el cura se desternillaba de risa y repetía a la hermana:

    -Déjelas por una vez, no les hace daño. Déjelas.

    Después de las dos gallinas, habíamos comido el pato, acompañado de los tres pichones y del mirlo; y apareció la oca, humeante, dorada, difundiendo un cálido olor de carne dorada y grasa.

    La Paumelle, que se animaba, aplaudió; la Jean-Jean dejó de responder a las numerosas preguntas del barón, y la Putois lanzó gruñidos de gozo, mitad gritos, y mitad suspiros, como hacen los niños cuando les enseñan caramelos.

    -¿Me permiten -dijo el cura- encargarme de ese animal? Soy un experto en ese tipo de operaciones.

    -Desde luego, señor cura.

    Y la hermana dijo:

    -¿Por qué no abrimos un poco la ventana? Tienen demasiado calor. Estoy segura de que se pondrán enfermas.

    Me volví hacia Marchas:

    -Abre la ventana un minuto.

    Abrió, y el aire frío de fuera entró, hizo vacilar las llamas de las velas y revolotear el humo de la oca, cuyas alas el sacerdote, con una servilleta al cuello, levantaba con mucha ciencia.

    Lo mirábamos trinchar, sin hablar ya, interesados por el tentador trabajo de sus manos, asaltados por un renovado apetito a la vista de aquel grueso animal dorado, cuyos miembros caían uno tras otro en la salsa oscura, en el fondo de la bandeja.

    Y de repente, en medio de aquel silencio glotón que nos mantenía atentos, entró, por la ventana abierta, el ruido remoto de un disparo.

    Me puse en pie tan rápidamente que la silla rodó a mis espaldas; y grité:

    -¡Todos a caballo! Tú, Marchas, ve a buscar dos hombres y tráeme noticias. Te espero aquí dentro de cinco minutos.

    Y mientras los tres jinetes se alejaban al galope en la noche, monté a caballo con mis otros dos húsares, ante la escalinata de la casa, mientras el cura, la hermana y las tres buenas mujeres asomaban por las ventanas sus cabezas asustadas.

    No se oía nada, solo un ladrido de perro en la campiña. La lluvia había cesado; hacía frío, mucho frío. Y pronto distinguí de nuevo el galope de un caballo, de un solo caballo que regresaba.

    Era Marchas. Le grité:

    -¿Qué ocurre?

    Respondió:

    -Nada, François ha herido a un viejo campesino, que se negaba a responder al "¿Quién vive?" y seguía avanzando, a pesar de la orden de alejarse. Ahora lo traen. Ya veremos de qué se trata.

    Ordené que devolviesen los caballos a la cuadra y envié a mis dos soldados al encuentro de los otros; después entré en la casa.

    Entonces el cura, Marchas y yo bajamos un colchón a la sala para poner al herido; la hermana, rasgando una servilleta, preparó hilas, mientras las tres mujeres, asustadas, permanecían sentadas en un rincón.

    Pronto distinguí un ruido de sables arrastrados por el camino; cogí una vela para alumbrar a los hombres que regresaban; y aparecieron, llevando esa cosa inerte, blanca, larga y siniestra en lo que se convierte un cuerpo humano cuando la vida ya no lo sostiene.

    Depositaron al herido en el colchón preparado para él, y vi a la primera ojeada que estaba moribundo. Respiraba con estertores y escupía sangre que corría de las comisuras de los labios, expulsada de la boca por cada uno de los hipos. ¡El hombre estaba cubierto de sangre! Sus mejillas, su barba, sus cabellos, su cuello, sus ropas, parecían haber sido frotados, bañados en una cuba roja. Y la sangre se había pegado a él, se había vuelto apagada, mezclada con barro, con un aspecto espantoso.

    El viejo, envuelto en una gran capa de pastor, entreabría a veces los ojos tristes, apagados, sin ideas, que parecían estupefactos, como los de esos animales a los que el cazador mata y que lo miran, caídos a sus pies, casi muertos, ya embrutecidos por la sorpresa y el espanto. El cura exclamó:

    -¡Ah! Es el Plácido, el viejo pastor de los Molinos. Es sordo. El pobre no habrá oído nada. ¡Ay, Dios mío! ¡Han matado ustedes a ese infeliz!

    La hermana había apartado la blusa y la camisa, y miraba en el centro del pecho un agujerito violeta que ya no sangraba.

    -No hay nada que hacer -dijo.

    El pastor, jadeando espantosamente, seguía escupiendo sangre con cada uno de sus últimos alientos, y en su garganta se oía, hasta el fondo de los pulmones, un gorgoteo siniestro y continuo.

    El cura, en pie sobre él, alzó la mano derecha, trazó la señal de la cruz y pronunció, con voz lenta y solemne, las palabras latinas que lavan las almas.

    Cuando las hubo terminado, el viejo fue agitado por una breve sacudida, como si algo acabara de romperse en su interior. Ya no respiraba. Estaba muerto.

    Al volverme, vi un espectáculo más espantoso que la agonía de aquel miserable: las tres viejas, de pie, apretadas una contra otra, horrorosas, haciendo muecas de angustia y de terror.

    Me acerqué a ellas y empezaron a lanzar gritos agudos, tratando de escapar como si fuera a matarlas también a ellas.

    La Jean-Jean, a la que su pierna quemada ya no sostenía, cayó al suelo cuan larga era.

    La hermana san Benito, abandonando al muerto, corrió hacia sus invalidas y, sin decirme una palabra, sin mirarme, las cubrió con sus toquillas, les dio sus muletas, las empujó hacia la puerta, las hizo salir y desapareció con ellas en la noche profunda, tan negra.

    Comprendí que ni siquiera podía mandar que las acompañase un húsar, pues el mero ruido del sable las habría asustado.

    El cura seguía mirando al muerto. Por fin, volviéndose hacía mí:

    -¡Ah! ¡Qué escándalo! -dijo.




    Guy de Maupassant

    Francia: 1850-1893

    14 abril